Nicolás Vigo | Chiclayo, Perú | En los últimos días de marzo, el presidente del Consejo de Ministros, Fernando Zavala, informó que la cifra de damnificados por los desastres naturales en el Perú aumentó a 118.000 personas y los afectados superan las 730.000. En Chiclayo, Defensa civil estimó el número de damnificados en 29 mil 900 personas y la cifra de afectados supera las 57 mil. Del mismo modo, 4 mil 993 casas se han desplomado y 11 mil 464 están afectadas y declaradas inhabitables. Estas son las cifras oficiales que recogen los daños del Niño Costero. Semanas después, nos acercamos a algunos pueblos jóvenes de esta ciudad para ver en qué situación se encuentran.

A pocas calles del centro de Chiclayo existe un lugar llamado Paseo de las Musas. Es un lugar muy conocido y, probablemente, uno de los lugares más fotografiados de esta ciudad del norte de Perú. Cuando uno está en el lugar queda asombrado por el contraste de los edificios de ladrillo, pintura y cristales con el blanco refulgente de las esculturas helénicas sembradas a lo largo de los coloridos jardines que componen el paseo. Jhoin Tarrillo, un joven que estudia en la ciudad, dice sobre él: “Este sitio es emblemático. Para los que vienen de otros sitios es un lugar obligado a visitar. Aquí se reúnen jóvenes a patinar, y a veces, a ‘rapear’. Además, me gustan las estatuas de la mitología griega, muchas de ellas son conocidas”.

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Las estatuas transparentan blancura. A primera vista nos dan la sensación de que se trata de un anacronismo arquitectónico. ¿Grecia antigua en la costa peruana? No obstante, al ver los jardines verdes y las parejas de enamorados que pasean encandilados en él, uno se convence que es uno de los lugares favoritos de chiclayanos y turistas.

Ellos están orgullosos de sus musas y lo manifiestan con pedantería. Las esculturas griegas están distribuidas en plazas y de tal forma que cada musa tiene su propio espacio y sus enamorados predilectos. “Polimnia, la creadora de la poesía lírica; Melpómene, la musa de la tragedia; Tertisícorde, la del canto coral y baile; Erato, quien presidia la poesía lírica y erótica; Clío, representa la historia; Calíope, la de la poesía ética y de la elocuencia; Talía, la creadora de la comedia; Uranie, la musa de la astronomía y Euterpe, la que tocaba la flauta”. Allí están todas las musas, silentes y desorientadas; pero dispuestas a adornar las fotografías de enamorados y viajantes. Convencidas que tiene que mostrar la mejor cara de la ciudad.

Más allá de Las Musas

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Sin embargo, Chiclayo no es una ciudad como las griegas. Su organización económica, social y política está muy lejos de las idealizadas polis. Las Musas que lo adornan son tan solo una alusión utópica de la anhelada cultura occidental. Más bien esta ciudad del norte de Perú es una ciudad de contrastes culturales, especialmente marcada por una serie de injusticias sociales. Ellas se han hecho visibles en los últimos años. Son varios políticos envueltos en escándalos de corrupción y malversación de fondos. Uno de los casos más sonados ha sido el caso del exalcalde de la ciudad, Roberto Torres, quien ha sido acusado de “peculado de uso y patrocinio ilegal” y hoy cumple una condena de prisión suspendida por 4 años.

Los vecinos de esta ciudad se quejan de la inseguridad; de los robos y los asaltos, que  forman parte de la vida cotidiana de la ciudad. Lo mismo ocurre con la suciedad de sus calles, la basura acumulada, los desagües colapsados, las acequias obstruidas por la basura, el desorden en el parque automotor, la contaminación ambiental y sonora, el crecimiento desordenado de las invasiones, asentamientos humanos y pueblos jóvenes, entre otras cosas. Sobre la inseguridad en esta ciudad, el Centro de Investigaciones Sociales Para la Paz y el Desarrollo señala que “un 85% de los consultados, en un universo de 580 pobladores, fue víctima de la famosa modalidad del "cogoteo" y un 15% asaltado con un arma de fuego”.

Y esta realidad que denuncian los vecinos de la llamada, ciudad de la amistad, se puede contrastar caminando unos cuantos pasos más allá del icónico Paseo de Las musas. Metros más allá de uno de los lugares más fotografiados de la ciudad están varios barrios pobres (pueblos jóvenes) como Buenos Aires, San Francisco y Natividad que muestran en la carne de su gente innumerables dramas humanos. Estos pueblos atrapados en la desdicha, denuncian enérgicamente la extrema pobreza en que viven.

Junto a Las musas hay un canal de aguas negras que separa al barrio de clase media alta, Santa Victoria, de los pueblos jóvenes (Natividad, Buenos Aires y San Francisco). Estos están del otro lado de la avenida Garcilaso de la Vega. Curiosamente, las noches en las que se dieron las lluvias fueron las aguas de este canal las que inundaron ambos barrios. Pareciere que el agua rabiosa no discriminó la condición económica de estos vecinos antagónicos.

El Niño Costero que ensució Las Musas

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Los peruanos sabían que un fenómeno climático amenazaba la costa; no obstante, los chiclayanos jamás pensaron que llovería en su ciudad. Una vecina del lugar, nos dice: “Nunca ha llovido aquí, mire los años que tengo. Jamás he visto una cosa así”. La noche del 12 de marzo la ciudad de la amistad resistió una lluvia de 8 horas, sin parar. Se trataba de la primera de las tres que inundarían la ciudad. Al día siguiente, la ciudad era irreconocible. Charcos y lagunas de agua de lluvias y desagües anegaban la ciudad. También el barrio de clase media alta, de Santa Victoria, en donde está el Paseo de Las Musas, se inundó. Las esculturas griegas parecían ahogarse en un épico mar de lodo de aguas servidas y basura flotante.

Ana Locone, vecina del otro lado de Las musas, nos dice, “Cuando empezó la lluvia, la casa empezó a llenarse de agua. El agua se filtraba por el techo. Sentía que todo se veía abajo”.

Pero los vecinos de la ciudad, no solamente tuvieron que resistir una noche de lluvia, sino tres. Parecía que el Niño costero se había ensañado con las ciudades norteñas de Perú. Chiclayo no es una ciudad preparada para resistir lluvias. Ella, en realidad, ha sido construida sobre explanadas de arena. Bien podríamos decir, que su construcción no estuvo planificada, sino que ha ido creciendo según el ritmo que marcaba la inmigración. La mayoría de chiclayanos son descendientes de inmigrantes cajamarquinos. 

Por eso, ante la primera lluvia fuerte, el sistema de alcantarillado y drenaje colapsó. La ciudad se convirtió en un enorme contenedor de aguas negras. El alcalde, David Cornejo Chinguel, preocupado por la situación, manifestaba: “Vivimos un drama, no solo una emergencia. El gobierno central se ha comprometido a enviarnos las 120 motobombas de alta capacidad de bombeo que necesitamos para succionar el agua empozada en la ciudad, pero ya llevamos dos días desde que se activó la emergencia y no recibimos nada”.

El ambiente era tenso. Las imágenes que transmitían los medios de comunicación social eran sorprendentes. Jamás se había visto a la ciudad de Las Musas en tal aprieto. La gente desesperada solicitaba ayuda al Gobierno central. A la par las organizaciones sociales de ayuda humanitaria ponían su centro de operaciones en la ciudad. Al igual que Caritas y otras Instituciones católicas convocaban a todo el país para canalizar la ayuda para los chiclayanos.

Las lluvias y los pueblos jóvenes

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La avenida que divide el barrio de clase media alta Santa Victoria y los pueblos jóvenes es la avenida Garcilaso de la Vega. Allí, como en una gigantesca isla, rodeados de centros comerciales y tiendas famosas, están los tres pueblos jóvenes. Las construcciones en su mayoría son de adobe, tripley, madera, calamina y cuanto material barato sirve para resguardar la intimidad de las familias. De las casas, en realidad, solo están construidas las fachadas y dentro apenas tienen unos cuantos cuartuchos divididos con madera, calamina o adobe. El suelo es de tierra y, en algunos casos, de cemento rústico. Todo lo demás es vacío. Wilson, uno de los vecinos del lugar, nos dice muy interesado: “Cuando la lluvia viene se inunda porque solo las fachadas son de material noble. Las divisiones son de tripley y cartón. El agua destruye todo y solo les queda la calamina. Las casas no tienen paredes alrededor”.

Hay que hacer notar, además, que el pueblo joven está en una hondonada. Y la mayoría de casas tienen muchos utensilios inservibles acumulados en sus patios. Los guardan como tesoros, como si ello les diera seguridad. Cuando llegamos al pueblo joven Nuestra Señora de la Natividad, doña María Gonzales Terrones nos abre la puerta de su casa y nos hace notar la pobreza en la que vive. Su casa aún tiene huellas de la inundación. Aún el agua se nota en el suelo de tierra. Las pocas cosas buenas que tiene, están levantadas, como si las hubiera arrebatado de un naufragio. Ella vive con su hijo y sus dos nietos, cuando le pregunto, sobre la inundación, me dice: “Mi casa estaba llena de agua. Cuando ella llegó, nosotros estábamos cocinando. Lo primero que hice fue salir con mis hijos. Me fui con lo que pude. Después, no quería volver a mi casa. Me daba miedo. Pero qué podía hacer”.

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Ese temor natural que nos cuenta María, lo han vivido miles de vecinos, en la ciudad y en el campo. Metros más allá, Don Fidel Revilla, un anciano de 72 años y diabético, nos dice que durante las lluvias se pasó la noche en vela botando el agua: “La lluvia caía gota a gota. Me pasé la noche echando el agua; pero al ver que la lluvia seguía, yo botaba el agua, pero de fuera el agua del desagüe se volvía. Dejé de hacerlo. Y me fui al frente. Los vecinos nos dieron una cobija para abrigarnos”. 

En realidad, estos pueblos jóvenes, estuvieron inundados por más de tres días, mientras las autoridades conseguían motobombas para sacar el agua de las casas y calles. El problema era complejo. Las autoridades trababan de salir al paso de la situación, pero no estaban preparadas para una emergencia como esta. Por ello los propios vecinos tomaron la iniciativa de trabajar ellos mismo y alquilar motobombas para limpiar las casas y las calles. Lo único que recibieron de las autoridades fueron colchonetas y algunas planchas de triplay, que guardan los vecinos como resguardo documental de lo poco que se hizo por ellos.

Doña Lucila, soltera, de 86 años, quien vive con su sobrino - ahijado en la calle Nazaret, nos cuenta con dolor y resignación lo vivido en aquellos días: “Mi casa estuvo inundada 24 horas. Yo estaba dormida cuando vino el agua. Mi sobrino me llevó a la casa de la vecina, al segundo piso. Allí me quedé tres días hasta sacar el agua. Los vecinos que tienen segundo piso han salvado un poco de cosas. La peor parte la llevamos los que solo tenemos primer piso”. Además, nos dice que “las casas no se inundaron por las lluvias, sino por los desagües que colapsaron”.

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También hay personas que lo perdieron todo. Ana Locone, manifiesta que solo rescató el 50% de sus cosas. “Ante la inundación, a eso de las 10 de la noche, lo primero que hicimos fue sacar mis hijas y mis cosas a la casa de mi suegra y me quedé esperando a mi esposo hasta las 12 de la medianoche que llegó de su trabajo. En la primera lluvia se cayeron paredes internas de mi casa, en la segunda, se cayó toda la casa. Me sentí triste. Realmente me quedé en el aire”.

La casa de Ana está derrumbada. Está inhabitable. Junto a los restos de su casa, también están los despojos de la casa de su vecino Jorge Gamarra, quien se levanta muy temprano a vender los periódicos de la ciudad. No obstante, Jorge tiene que seguir viviendo en un pedazo de pared y calaminas que aún quedan en pie.

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Junto a estos dramas hay miles de historias que nos llegan al corazón. Historias que nos hablan de pobreza e injusticia, de dolor y de vulnerabilidad. He documentado muchas, y muchas de ellas me he negado a escribirlas por respeto a sus protagonistas. Sin embargo, nunca es tarde para dejar que estas historias nos hablen al corazón para poder hacer algo por otros, que lo único seguro que tienen  es su pobreza. Aquella pobreza indigna que las inundaciones pusieron a flote, allí, cerca, muy cerca, del paseo de Las Musas de Chiclayo. Dice Juliana respecto a la ayuda que se les ha entregado: “Sólo nos han dado colchonetas, seis botellas de agua, dos kilos de arroz y calamina. Pero eso no es nada. Tenemos que tirar la pared humedecida porque se puede caer la casa y aplastar a mi mamá y a nuestros niños”.

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Categoría: Noticias nuevas   Publicado: Jueves, 27 Abril 2017 22:19  Escrito por Webmaster   Visto: 177 Tags: Imprimir
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